sábado, 4 de mayo de 2019

LA SOLIDARIDAD EN EL MAL



En su libro El movimiento perpetuo de tas almas, el gran Rabí Isaac de Loria dice que es preciso emplear con gran vigilancia la hora que precede al sueño. De hecho, durante el sueño el alma pierde por algún tiempo su vida individual para sumergirse en la luz universal que, como dijimos, se manifiesta por dos corrientes contrarias. El ente que se adormece cae en poder de la serpiente de Esculapio, la serpiente vital y regeneradora, o se deja ligar por los nudos envenenados de la horrible Python. El sueño es un baño en la luz de la vida o en el fósforo de la muerte. Aquel que se adormece con pensamientos de justicia se baña en los méritos de los justos, pero aquel que se entrega al sueño con pensamientos de odio o mentira, se baña en el mar muerto en el que afluye la infección de los malos. La noche es como el invierno que incuba y prepara los gérmenes. Si sembramos cizaña no cosecharemos fermentos.

Aquel que se adormece en la impiedad no despertará en la bendición divina. Dicen que la noche es consejera. Sí, sin duda. Buen consejo trae al justo; funesto impulso al malvado. Tales son las doctrinas del Rabí Isaac de Loria. No sabemos hasta qué punto debemos admitir estas influencias recíprocas de los entes sumergidos en el sueño y dirigidos por atracciones involuntarias, en tal forma que los buenos mejoran a los buenos y los malos corrompen a los que les son semejantes. Sería más consolador pensar que la bondad de los justos irradia sobre los malos para calmarlos, y que la perturbación de los malos nada puede sobre el alma de los justos.

La verdad es que los malos pensamientos agitan el sueño y, por consiguiente, lo vuelven enfermizo, y que una conciencia limpia dispone maravillosamente la sangre a refrescarse y a descansar en el sueño. Es muy probable, además, que la irradiación magnética provocada durante el día por los hábitos y la voluntad, no cese durante la noche. Lo prueban los sueños en los que parece que obramos muchas veces conforme con nuestros deseos más secretos. Sólo conquista la virtud de la castidad, dice San Agustín, quien impone la modestia hasta a sus mismos sueños. Todos los astros están imantados, y todos los imanes celestes accionan y reaccionan unos sobre otros en los sistemas planetarios, en los grupos de universos y en toda la inmensidad; lo mismo acontece en la tierra con los seres vivos. La naturaleza y la fuerza de los imanes se determinan por la influencia recíproca de las formas sobre la fuerza y de la fuerza sobre las formas.

Esto debe ser examinado y meditado seriamente. La belleza, que es la armonía de las formas, siempre está acompañada de gran fuerza de atracción; pero existen bellezas discutibles y discutidas. 
Hay bellezas convencionales que concuerdan con ciertos gustos y con ciertas pasiones. 
En la corte de Luis XV, se habría hallado que la Venus de Milo tenía estatura excesiva y pies grandes. En el Oriente, las favoritas del Sultán son obesas, y en el reino de Sión, se compran las mujeres a peso. Los hombres no están menos dispuestos a hacer locuras por la belleza verdadera, que por la imaginaria que los subyuga. Existen, pues, formas que nos embriagan y ejercen sobre nuestra razón el dominio de las fuerzas fatales. Cuando nuestros gustos son depravados, nos apasionamos por ciertas bellezas imaginarias que son realmente fealdades. Los romanos de la decadencia gustaban de la frente baja y los ojos de sapo de Mesalina. Cada cual forma un paraíso a su manera.

Pero también aquí comienza la justicia. El paraíso de los seres depravados, siempre y necesariamente, es un infierno. Es la disposición de la voluntad lo que da valor a los actos. Pues la voluntad determina el fin que nos proponemos, y en todos los casos, el fin buscado y alcanzado establece la naturaleza de las obras. Es conforme a nuestras obras que Dios nos juzgará, según lo afirma el Evangelio, y no de acuerdo con nuestros actos. Los actos preparan, comienzan, continúan y acaban las obras. Son buenos cuando la obra es buena. No queremos decir que el fin justifique los medios, sino que un fin honesto necesita de medios honestos y jerarquiza los actos más indiferentes. Lo que uno aprueba termina por realizarlo o por animar a que otros lo hagan. Si nuestro principio es falso, y nuestro fin es inicuo, todos aquellos que piensan como nosotros repetirán nuestro proceder, y si triunfan, pensaremos que obraron bien. Si nuestras acciones aparentan ser las de un hombre de bien mientras que nuestro fin es el de un malvado, las acciones que resulten serán aun más malas. Las oraciones del hipócrita son más impías que las blasfemias del malvado.

En una palabra, todo lo que hacemos a favor de la injusticia es injusto; todo lo que hacemos por la justicia es justo y bueno. Se dijo que los seres humanos son imanes que accionan unos sobre otros. Esta imantación, natural al principio, determinada después por los hábitos de la voluntad, agrupa los entes humanos en falanges y series, tal vez en forma diferente de la que suponía Fourier.(1). 
Es exacto su concepto de que las atracciones son proporcionales a los destinos, pero se equivocó al no distinguir las atracciones fatales de las ficticias. También es errónea su idea de que los malos son incomprendidos por la sociedad, pues, contrariamente, son ellos los que no comprenden a la sociedad, ni desean hacerlo. ¿Qué habría hecho él en su Falansterio de personas, cuya atracción - proporcional al destino de ellas, según su opinión -, fuese la de perturbar y demoler el Falansterio?.(2). En nuestro libro, La Ciencia de los Espíritus, dimos la clasificación de los buenos y los malos espíritus, conforme con las tradiciones cabalísticas.

Algunos lectores tal vez pregunten: ¿Por qué estos nombres en vez de otros?.
¿Qué espíritu descendido del cielo o qué alma subida del abismo habrá revelado así los secretos jerárquicos de otro mundo?. Los lectores que supongan que todo cuanto allí se afirma es pura fantasía, se equivocan. Dicha clasificación no es arbitraria, y los espíritus del otro mundo, a los cuales nombramos, existen con toda seguridad. La anarquía, el prejuicio, el oscurantismo, la iniquidad, el odio, se oponen a la sabiduría, a la autoridad, a la inteligencia, a la honra, a la bondad y a la justicia. Los nombres hebraicos de Kether, Chocmah, Binah; (3) los de Thamiel, Chaigidel, Sathaniel, etc., que se oponen a los de Hajoth, Haccadosch, Ophanim y Aralim no significan otra cosa. Todas las grandes palabras y términos oscuros de los dogmas antiguos y modernos representan en último término, los principios de la eterna e incorruptible razón.

Es evidente que las multitudes no están maduras para el reino de la razón, y que, los hombres más locos o más perversos las desvían por medio de creencias ciegas. Y entre dos formas de locura, encuentro más socialismo verdadero en la de Loyola que en la de Proudhon. Proudhon afirma que el ateísmo es una creencia, la peor de todas, lo que es verdad, y es por eso que la suya es muy amarga. Afirma, también, que Dios es el mal, que el orden social es la anarquía, que la propiedad es el robo. ¿Qué sociedad sería posible con tales principios?. La Compañía de Jesús está establecida sobre los principios o errores contrarios; sin embargo, subsiste desde hace varios siglos, y aún es bastante fuerte como para hacer frente por mucho tiempo más a los partidarios de la anarquía. Los hombres son solidarios en el alma más de lo que lo suponen.

Son los Proudhon los que hacen los Veuillot.(4). Los encendedores de hogueras de Constanza tendrán que responder delante de Dios por las masacres de Juan Zisca. Los protestantes son responsables de las masacres de la Noche de San Bartolomé, (5) pues habían degollado católicos. En realidad tal vez fue Marat quien mató a Robespierre, como fue Carlota Corday la que hizo ejecutar a los Girondinos, sus amigos. Madame Dubarry, arrastrada al cadalso como una cabeza de animal berreador y contumaz, sin duda no juzgaba que tenía que expiar el suplicio de Luis XVI. Pues, las más de las veces, nuestros mayores crímenes son los que no comprendemos. Cuando Marat decía: “es un deber de humanidad derramar un poco de sangre para impedir un derramamiento mayor”, no hacía otra cosa que afirmar lo dicho por el apacible y piadoso Fenelón.

En una de sus cartas, Madame Elizabeth, la angelical princesa, había escrito que todo estaba perdido si el Rey no tenía el coraje de mandar cortar tres cabezas. ¿Cuáles?. Ella no lo dice; tal vez las de Philippe de Orleáns, Lafayette y Mirabeau. Un príncipe de su familia, un hombre de bien y un célebre pensador. Poco importaba: la amable princesa quería tres cabezas. Más tarde Marat pediría trescientas mil; entre el ángel y el demonio sólo hubo una diferencia de algunos ceros.

Eliphas Lévi

NOTAS DEL TRADUCTOR

(1) Fourier. Filósofo y sociólogo francés, fundador de la escuela societaria o falansteriana, una especie de comunismo. Con motivo de haberle encargado una casa de Marsella donde él trabajaba que hiciera arrojar al mar una partida de arroz, a fin de poder mantener los altos precios, al impulso de tan odiosa especulación surgieron de él las primeras ideas de reforma social, e ideó su sistema falansteriano

(2) Falansterio Edificio ideado por Fourier para las huestes de su sistema.

(3) Kether, Chocmah, Binah.

La Cabala habla de las diez Sephiras o Sefirotes. En plural es Sefirotes, y en singular, Sephiras.
Tales Sefirotes o emanaciones, son como los modos de manifestación de Dios, o los atributos de Dios manifestado. Helos aquí:

1° Kether, la Corona, la Potencia Suprema;
2° Chocmah, la Sabiduría Infinita;
3° Binah, la Inteligencia Divina;
4° Gdulah, la Majestad, llamada también Chesed, Misericordia;
5° Gburah, Fuerza;
6° Thipheret, Belleza;
7° Netsach, Victoria sobre la Muerte;
 8° Hod, Gloria y Reposo;
9° Iesod, Fecundación;
10° Malkhuth, Reino.

Kether, la Corona es el poder equilibrador; Chocmah, la Sabiduría equilibrada en su orden inmutable por la iniciativa de la inteligencia activa equilibrada por la sabiduría. Dios es la Potencia o Corona Suprema (Kether) que reposa sobre la Sabiduría Inmutable (Chocmah) y la Inteligencia Creadora (Binah). En Él está la Bondad (Chesed) y la Justicia (Gburah), que son el ideal de la Belleza (Thiphereth). En Él siempre hay Movimiento Victorioso (Netsach) y el gran Reposo Eterno (Hod).
Su voluntad es una Generación continua (Iesod), y su reino (Malkhuth), es la inmensidad que puebla los universos.

(4) Veuillot. Literato y periodista francés defensor de los intereses católicos.

Como director de “El Universo Religioso”, declaró guerra a muerte a la Universidad; atacó a los filósofos, a los revolucionarios y a los socialistas. Censurado por el Arzobispo de París, apeló al Papa, quien lo absolvió, continuando así en guerra sin cuartel contra la libertad, la razón, la ciencia y el progreso (1852-53). Era un apasionado defensor del poder temporal del Papa, de la infalibilidad y del Syllabus. Desde Roma espiaba la conducta del clero no conforme con sus ideas; prestó grandes servicios a la causa de la infalibilidad, por lo que Pío IX le prodigó gran afecto.

(5) Noche de San Bartolomé. Matanza de protestantes efectuada en Francia el 24 de agosto de 1572, bajo el imperio de Carlos IX y a instigaciones de Catalina de Médicis. En esta matanza no se respetó edad ni sexo, y los Hugonotes, apodo dado por los católicos a los protestantes calvinistas, fueron exterminados sin piedad en esa tétrica noche, que dio lugar a la cuarta guerra religiosa.

jueves, 2 de mayo de 2019

LAS ENSEÑANZAS SECRETAS DE TODOS LOS TIEMPOS - EL ZODIACO Y SUS SIGNOS



En este momento, nos cuesta hacernos una idea de las profundas consecuencias que habrá tenido en las religiones, las filosofías y las ciencias de la Antigüedad el estudio de los planetas, los luminares y las constelaciones. No en vano los Reyes Magos de Persia eran llamados «observadores de las estrellas» y se honraba a los egipcios con una denominación especial por su habilidad para calcular el poder y el movimiento de los cuerpos celestes y sus consecuencias sobre los destinos de las naciones y los individuos. En todas las partes del mundo se han descubierto ruinas de observatorios astronómicos primitivos, si bien en muchos casos los arqueólogos actuales ignoran la verdadera finalidad para la cual se construyeron. 

Aunque los astrónomos antiguos no conocían el telescopio, hacían cálculos extraordinarios con instrumentos tallados en bloques de granito o hechos a base de machacar láminas de bronce y cobre. En India se siguen usando este tipo de instrumentos, que gozan de un alto grado de precisión. 
En Jaipur, en la región de Rajputana (India), sigue funcionando un observatorio que consiste, esencialmente, en inmensos relojes de sol de piedra. El famoso observatorio chino que hay en la muralla de Pekín contiene inmensos instrumentos de bronce e incluye un telescopio en forma de un tubo hueco, sin lentes. Para los paganos, las estrellas eran objetos vivos que influían en el destino de las personas, las naciones y las razas. 

Que los primeros patriarcas judíos creían que los cuerpos celestes participaban en los asuntos de los hombres resulta evidente para cualquier estudioso de la literatura bíblica, como, por ejemplo, el Libro de los Jueces: «Desde los cielos lucharon las estrellas desde sus órbitas lucharon contra Sísara». 
Los caldeos, los fenicios, los egipcios, los persas, los hindúes y los chinos tenían zodiacos bastante parecidos, en términos generales, y distintos expertos han atribuido a cada una de estas naciones el mérito de ser la cuna de la astrología y la astronomía. Los indios de América Central y del Norte también conocían el Zodiaco, aunque los modelos y la cantidad de los signos diferían en muchos detalles de los de Oriente. 

La palabra «zodiaco» deriva del griego ζωδιακός que significa «círculo de animales» o, según creen algunos, «animalillos». Es el nombre que daban los antiguos astrónomos paganos a un conjunto de estrellas fijas, de unos dieciséis grados de ancho, que aparentemente rodeaban la tierra. Robert Hewitt Brown, del grado 32, afirma que la palabra griega zodiakós procede de zo-on, que significa «animal», y añade que «esta palabra se compone directamente de los primitivos radicales egipcios zo, “vida”, y on, “ser”». Los griegos y, posteriormente, otros pueblos en los que tuvo influencia su cultura, dividían la zona del Zodiaco en doce sectores, cada uno de dieciséis grados de ancho y treinta grados de largo. Estas divisiones se llamaban «las casas del Zodiaco» y, durante su recorrido anual, el sol iba pasando, por turnos, por cada una de ellas. Se buscaron formas de criaturas imaginarias en los grupos de estrellas limitados por aquellos rectángulos y, como la mayoría de ellos tenían forma de animales —al menos en parte—, posteriormente se conocieron como las constelaciones, o los signos, del Zodiaco. Según una teoría popular con respecto al origen de las criaturas zodiacales, fueron producto de la imaginación de los pastores, que, mientras vigilaban sus rebaños por la noche, entretenían la mente buscando formas de animales y de aves en los cielos. 

Esta teoría es insostenible, a menos que se entienda por «pastores» a los sacerdotes-pastores de la Antigüedad. Es poco probable que los signos del Zodiaco deriven de los grupos de estrellas que representan en la actualidad. Es mucho más probable que las criaturas asignadas a las doce casas simbolicen la calidad y la intensidad del poder del sol mientras ocupa las distintas partes del cinturón zodiacal. Sobre este tema, Richard Payne Knight escribe lo siguiente: «El significado emblemático que se atribuía a ciertos animales no era más que la generalización de alguna característica determinada y, por consiguiente, algo que la mente puede inventar o descubrir con facilidad; en cambio, las colecciones de estrellas que llevan el nombre de determinados animales no se parecen en absoluto a ellos y, por lo tanto, no se trata más que de meros signos convencionales adoptados para diferenciar ciertas porciones del cielo que, probablemente, estaban consagradas a los atributos personificados que representaba cada uno de ellos».
 Algunos expertos opinan que al principio el Zodiaco estaba dividido en diez casas, o mansiones solares, en lugar de doce. 

En la época primitiva, había dos métodos distintos —uno solar y el otro lunar— para calcular los meses, los años y las estaciones. El año solar estaba compuesto por diez meses de treinta y seis días cada uno y cinco días más, consagrados a los dioses. El año lunar estaba compuesto por trece meses de veintiocho días cada uno y sobraba un día. El zodiaco solar de aquella época estaba compuesto por diez casas de treinta y seis grados cada una. Los seis primeros signos del Zodiaco de doce se consideraban benéficos, porque el sol los ocupaba mientras atravesaba el hemisferio norte, y representaban los seis mil años durante los cuales, según los persas, Ahura-Mazda gobernó su universo en paz y armonía. Los seis siguientes se consideraban malignos, porque mientras el sol recorría el hemisferio sur era invierno para los griegos, los egipcios y los persas. 

Por consiguiente, aquellos seis meses simbolizaban los seis mil años de pobreza y sufrimiento provocados por el dios del mal de los persas, Ahrimán, que pretendía derrocar el poder de Ahura-Mazda. Quienes defienden la opinión de que antes de que lo revisaran los griegos el Zodiaco solo contenía diez signos alegan pruebas que demuestran que Libra (la balanza) se insertó en el Zodiaco dividiendo en dos la constelación de Virgo-Escorpio (que en aquella época era un solo signo) y de este modo se estableció «la balanza» en el punto de equilibrio entre los signos ascendentes del norte y los descendentes del sur.[41] Sobre esta cuestión, Isaac Myer sostiene lo siguiente: «Pensamos que al principio las constelaciones zodiacales eran diez y representaban un hombre o una divinidad andrógina inmensa; posteriormente, esto se modificó: se separaron Escorpio y Virgo y fueron once; después, de Escorpio salió Libra, la balanza, con lo cual ahora son doce».
LOS EQUINOCCIOS Y LOS SOLSTICIOS

El plano del Zodiaco corta el ecuador celeste en un ángulo aproximado de 23° 28’.
Los dos puntos de intersección (A y B) se denominan «equinoccios».


Todos los años, el sol da una vuelta entera al Zodiaco y regresa al punto de partida —el equinoccio vernal— y ningún año alcanza —por muy poco— a completar el círculo de los cielos en el plazo que le corresponde, de modo que cruza el ecuador un poco por detrás del punto del signo del Zodiaco por el que lo había cruzado el año anterior. Todos los signos del Zodiaco constan de treinta grados y, como el sol pierde alrededor de un grado cada setenta y dos años, d cabo de aproximadamente 2160 años experimenta un retroceso de toda una constelación (o signo) y, en alrededor de 25 920 años, de todo el Zodiaco. (Los expertos no se ponen de acuerdo con respecto a estas cifras). Tal retroceso se denomina «precesión de los equinoccios». Esto significa que, en el transcurso de unos 25 920 años, que constituyen un Gran Año Solar o Platónico, cada una de las doce constelaciones ocupa un puesto en el equinoccio vernal durante casi 2160 años y después deja paso al signo precedente. Entre los antiguos, el sol casi siempre se simbolizaba mediante la figura y la naturaleza de la constelación por la que pasaba en el equinoccio vernal. Durante prácticamente los últimos dos mil años, el sol ha atravesado el ecuador en el equinoccio vernal en la constelación de Piscis (los dos peces). 
Durante los 2160 años previos, lo había cruzado por la constelación de Aries (el carnero) y, antes de eso, el equinoccio vernal estaba en el signo de Tauro (el toro). 

Es probable que se asignaran a esta constelación la forma del toro y sus tendencias porque los antiguos lo usaban para arar los campos y la estación dedicada a arar y hacer surcos coincidía con la época en la que el sol llegaba al segmento del cielo llamado Tauro. Albert Pike describe con estas palabras la veneración que sentían los persas por este signo y el método de simbolismo astrológico que estaba de moda entre ellos: «En lo alto de la cueva de iniciación de Zaratustra estaban representados el Sol y los Planetas con oro y piedras preciosas, así como también el Zodiaco. 
El Sol aparecía por detrás de Tauro». 

En la constelación del Toro también se hallaban las «siete hermanas» —las sagradas Pléyades—, famosas para la masonería como las siete estrellas que aparecen en el extremo superior de la escalera sagrada. En el antiguo Egipto, precisamente durante este período —cuando el equinoccio vernal estaba en el signo de Tauro—, el buey Apis se consagraba al Dios Sol, al que se adoraba por medio del animal equivalente al signo celestial que había impregnado con su presencia en el momento de entrar en el hemisferio norte. Este es el significado del antiguo dicho según el cual el toro celestial «rompía el huevo del año con los cuernos». En The Mythological Astronomy of the Ancients Demonstrated, Sampson Arnold Mackey destaca dos puntos muy interesantes con respecto al toro en el simbolismo egipcio. Mackey opina que el movimiento de la tierra que conocemos como la alternancia de los polos ha provocado un gran cambio en la posición relativa del ecuador y la banda zodiacal. Cree que en un principio la banda del Zodiaco formaba un ángulo recto con el ecuador y que el signo de Cáncer quedaba frente al Polo Norte y el signo de Capricornio frente al Polo Sur. 

Es posible que el símbolo órfico de la serpiente enroscada en el huevo intente demostrar el movimiento del sol con respecto a la tierra en estas condiciones Para corroborar su teoría, Mackey menciona, entre otras cosas, el laberinto de Creta, el nombre de Abraxas y la fórmula mágica «abracadabra». Con respecto a «abracadabra», afirma lo siguiente: «Sin embargo, la lenta y progresiva desaparición del Toro se conmemora felizmente en la serie de letras que desaparecen y que expresan categóricamente el gran hecho astronómico. Porque Abracadabra es el Toro, el único Toro. La antigua frase descompuesta en las partes que la componen sería: Ab’r-achad-ab’ra, es decir Ab’r, el Toro; achad, el único, etc. Achad es uno de los nombres del Sol, que se le otorga porque brilla solo —es la única estrella que brilla cuando lo vemos—, y el ab’ra que queda hace que el todo signifique: el Toro, el único Toro; mientras que la repetición del nombre con una letra menos, hasta que todo desaparece, es el método más sencillo y, sin embargo, el más satisfactorio que se podría haber imaginado para preservar la memoria del hecho; y el nombre de Sorápis, o Serapis, que se da al Toro en la ceremonia mencionada despeja toda duda. […] 

Esta palabra, “abracadabra”, desaparece en once etapas decrecientes, como en la figura. Y lo más sorprendente es que un cuerpo con tres cabezas queda plegado por una serpiente con once vueltas y puesta por Sorapis: y las once vueltas de la serpiente forman un triángulo similar al que forman las once líneas decrecientes del “abracadabra”». En casi todas las religiones del mundo hay indicios de influencia astrológica. El viejo Testamento de los judíos, en cuyos escritos se nota la sombra de la cultura egipcia, está lleno de alegorías astrológicas y astronómicas. Casi toda la mitología de Grecia y de Roma se puede rastrear en grupos de estrellas. Algunos escritores opinan que las veintidós letras originales del alfabeto hebreo derivaban de grupos de estrellas y que en el muro del cielo se podían leer palabras escritas con estrellas, con las estrellas fijas como consonantes y los planetas o luminares como vocales. Como las combinaciones eran infinitas, representaban palabras que, cuando se interpretaban adecuadamente, permitían conocer el futuro. 

A medida que la banda zodiacal va trazando el recorrido del sol a través de las constelaciones, produce los fenómenos de las estaciones. Los sistemas antiguos para medir el año se basaban en los equinoccios y los solsticios. El año comenzaba siempre con el equinoccio vernal, celebrado con júbilo el 21 de marzo para marcar el momento en el cual el sol atravesaba el ecuador hacia el Norte, siguiendo el arco zodiacal. El solsticio de verano se celebraba cuando el sol alcanzaba su posición más septentrional y el día señalado era el 21 de junio. A partir de entonces el sol comenzaba a descender hacia el ecuador y lo volvía a cruzar cuando se dirigía hacia el sur en el equinoccio otoñal, el 21 de septiembre. El sol alcanzaba su punto más meridional en el solsticio de invierno, el 21 de diciembre. Cuatro de los signos del Zodiaco siempre han estado dedicados a los equinoccios y los solsticios y, si bien los signos ya no corresponden con las antiguas constelaciones a las que estaban asignados y de las cuales obtuvieron el nombre, los astrónomos modernos se basan en ellos para hacer sus cálculos. 

Por consiguiente, se dice que el equinoccio vernal se produce en la constelación de Aries (el carnero). Resulta adecuado que, de todos los animales, el carnero ocupe el lugar a la cabeza del rebaño celestial que forma la banda zodiacal. 

Los paganos ya reverenciaban esta constelación siglos antes de la era cristiana. Godfrey Higgins afirma lo siguiente: «A esta constelación la llamaban “el Cordero de Dios” y también el “Salvador” y decían que salvaría a la humanidad de sus pecados. Siempre le hacían el honor de dirigirse a él con el apelativo de Dominus o “Señor”. Lo llamaban “el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo” y los devotos, cuando se dirigían a él en su letanía, repetían constantemente las palabras: “Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo ten piedad de nosotros y danos tu paz”». Por consiguiente, “Cordero de Dios” es un título que se da al sol, que, según dicen, renace todos los años en el hemisferio norte bajo el signo del carnero, aunque, debido a la discrepancia actual entre los signos del Zodiaco y los grupos de estrellas, en realidad sale en el signo de Piscis. 

Se considera que el solsticio de verano ocurre en Cáncer (el cangrejo); los egipcios lo llamaban «el escarabajo», un insecto de la familia Lamellicornes, situada a la cabeza del reino de los insectos, y lo consideraban sagrado, como símbolo de la vida eterna. Resulta evidente que la constelación del cangrejo está representada por esta criatura peculiar, porque el sol, después de pasar por su casa, empieza a caminar hacia atrás o a descender por el arco zodiacal. Cáncer es el símbolo de la generación, porque es la casa de la Luna, la gran madre de todas las cosas y patrona de las fuerzas vitales de la Naturaleza. A Diana, la diosa de la luna de los griegos la llaman «la madre del mundo». Con respecto al culto del principio femenino o maternal, Richard Payne Knight escribe lo siguiente: «Como atraía o levantaba las aguas del océano, naturalmente parecía que era la soberana de la humedad y, como aparentemente ejercía tanta influencia en la constitución de las mujeres, asimismo parecía ser la patrona y la reguladora de la nutrición y la generación pasiva, porque se dice que recibió a sus ninfas, o personificaciones subordinadas, del océano; a menudo se representa con el símbolo del cangrejo marino, un animal que tiene la propiedad de separar espontáneamente de su propio cuerpo cualquier extremidad que se haya hecho daño o mutilado y reproducir otra en su lugar».

Este signo de agua, al ser simbólico del principio maternal de la Naturaleza y reconocido por los paganos como el origen de toda la vida, siempre se consideraba la morada natural de la luna. 


El equinoccio otoñal se produce, aparentemente, en la constelación de Libra (la balanza). 
Cuando la balanza se inclinaba, el globo solar comenzaba su peregrinación hacia la morada del invierno. La constelación de la balanza estaba situada en el Zodiaco como símbolo de la capacidad de elegir, que permite al hombre comparar un problema con otro. Hace millones de años, cuando la raza humana estaba en ciernes, el hombre era como los ángeles: no conocía el bien ni el mal. 
Cayó en el estado de conocer el bien y el mal cuando los dioses le dieron la semilla de la naturaleza mental. A partir de sus reacciones mentales frente a sus entornos, destila el producto de la experiencia, que a continuación le ayuda a recuperar su posición perdida, además de una inteligencia individualizada. Decía Paracelso: «El cuerpo procede de los elementos; el alma, de las estrellas, y el espíritu, de Dios. Todo lo que el intelecto puede concebir procede de las estrellas [los espíritus de las estrellas, más que las constelaciones materiales]». 

La constelación de Capricornio, en la cual, teóricamente, se produce el solsticio de invierno, era llamada «la casa de la muerte», porque en invierno toda la vida en el hemisferio norte pasa por su peor momento. Capricornio es una criatura compuesta: tiene la cabeza y la parte superior del cuerpo de cabra y la cola de pescado. En esta constelación, el sol está más débil en el hemisferio norte y, después de pasar por ella, de inmediato empieza a crecer. Por eso decían los griegos que Júpiter (un nombre de la divinidad solar) era amamantado por una cabra. John Cole, en A Treatise on the Circular Zodiac of Tentyra, in Egypt, brinda una nueva perspectiva del simbolismo zodiacal:
 «El símbolo de la cabra saliendo del cuerpo de un pez [Capricornio] representa, por consiguiente y con la máxima propiedad, los edificios descomunales de Babilonia, que surgen de su situación baja y pantanosa; los dos cuernos de la cabra son emblemas de las dos ciudades: Nínive y Babilonia; la primera construida a orillas del Tigris y la segunda, a orillas del Éufrates, aunque las dos estaban sometidas al mismo soberano». El período de 2160 años necesario para la regresión del sol a través de una de las constelaciones del Zodiaco se suele denominar «era». 

Según este sistema, la era recibía el nombre del signo que atravesaba el sol, año tras año, al cruzar el ecuador en el equinoccio vernal. Así, podemos hablar de la era de Tauro, la era de Aries, la era de Piscis y la era de Acuario. Durante estos períodos, o eras, el culto religioso adopta la forma del signo celeste correspondiente, el que se dice que el sol adopta como personalidad, del mismo modo en que un espíritu asume un cuerpo. Estos doce signos son las joyas de su peto y su luz reluce desde ellas, una después de otra. Después de analizar este sistema, se comprende enseguida por qué se adoptaron determinados símbolos religiosos durante diferentes etapas de la historia del mundo, porque, durante los 2160 años en los que el sol estuvo en la constelación de Tauro, dicen que la divinidad solar asumió el cuerpo de Apis y el toro se convirtió en sagrado para Osiris. 

Durante la era de Aries, se consideraba sagrado el cordero y a los sacerdotes los llamaban «pastores». En los altares se sacrificaban ovejas y cabras y se designó un chivo expiatorio para descargar en él los pecados de Israel. 

Durante la era de Piscis, el pez fue el símbolo de lo divino y la divinidad solar alimentó a la multitud con dos pececillos. En el frontispicio de Ancient Faiths Embodied in Ancient Names de Inman se puede ver a la diosa Isis con un pez en la cabeza: además, el Dios Redentor de India, Christna, en una de sus encarnaciones salió de la boca de un pez. No solo se alude a menudo a Jesús como el «pescador de hombres», sino que, como señala John P. Lundy, «la palabra “pez” es una abreviación de todo su título: Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador y cruz; o, como dice san Agustín: “Si unimos las iniciales de las cinco palabras griegas, Ἰησοῦς Χριστος Θεου Υιὸσ Σωτήρ, que significan Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador, obtenemos ΙΧΘΥΣ, ‘pez’, una palabra que, desde un punto de vista místico, representa a Cristo, que pudo vivir en el abismo de esta mortalidad como en la profundidad de las aguas, es decir, sin pecado”».[45] Muchos cristianos guardan el viernes, el día consagrado a la Virgen (Venus), y ese día comen pescado, en lugar de carne. El signo del pez fue uno de los primeros símbolos del cristianismo y, cuando se dibujaba en la arena, informaba a un cristiano que había cerca otra persona de la misma fe. 

Llaman a Acuario «el signo del aguador» o del hombre que lleva sobre los hombros un cántaro con agua, como se menciona en el Nuevo Testamento. Algunas veces aparece como una figura angelical, supuestamente andrógina, vertiendo agua de un recipiente o llevándolo sobre los hombros. Entre los pueblos orientales, a menudo solo se usa el recipiente con agua. Edward Upham, en The History and Doctrine of Budhism, describe a Acuario con estas palabras: «Tiene forma de vasija y un color entre azul y amarillo; este signo es la única casa de Saturno». Cuando Herschel descubrió el planeta Urano (que a veces recibe el nombre de su descubridor), la segunda mitad del signo de Acuario se adjudicó a aquel nuevo miembro de la familia planetaria. El agua que sale del recipiente de Acuario, que recibe el nombre de «las aguas de la vida eterna», aparece muchas veces en el simbolismo y lo mismo ocurre con todos los signos. Por consiguiente, el sol, en su camino, controla todas las formas de culto que el hombre ofrece a la divinidad suprema. Existen dos sistemas diferenciados de filosofía astrológica. Uno de ellos, el ptolemaico, es geocéntrico: la tierra se considera el centro del sistema solar y en tomo a ella giran el sol, la luna y los planetas. Desde un punto de vista astronómico, el sistema geocéntrico es incorrecto, pero, durante miles de años, había demostrado su exactitud cuando se aplicaba a la naturaleza material de las cosas terrestres. De un análisis meticuloso de los escritos de los grandes ocultistas y del estudio de sus diagramas se desprende que muchos de ellos conocían otra manera de disponer los cuerpos celestes. 

El otro sistema de filosofía astrológica se denomina «heliocéntrico» y coloca al sol en el centro del sistema solar, al que pertenece por naturaleza, con los planetas y sus lunas girando a su alrededor. Sin embargo, el gran inconveniente del sistema heliocéntrico es que, al ser relativamente nuevo, no ha habido tiempo suficiente para experimentarlo bien ni para catalogar los efectos de sus diversos aspectos y relaciones La astrología geocéntrica, como su nombre indica, se limita al aspecto terrenal de la naturaleza, mientras que la heliocéntrica se puede usar para analizar las facultades intelectuales y espirituales superiores del hombre. Es muy importante recordar que, cuando se decía que el sol estaba en un signo determinado del Zodiaco, en realidad los antiguos querían decir que el sol ocupaba el signo opuesto y proyectaba su largo rayo sobre la casa en la que lo entronizaban. Por consiguiente, cuando se dice que el sol está en Tauro, significa (astronómicamente) que el sol está en el signo opuesto a Tauro, que es Escorpio. Esto trajo como consecuencia dos escuelas filosóficas diferentes: una geocéntrica y exotérica y la otra heliocéntrica y esotérica. Mientras las multitudes ignorantes adoraban la casa en la que se reflejaba el sol —en este caso, la del Toro—, los sabios reverenciaban la casa en la que vivía de verdad, que sería la de Escorpio o la serpiente, el símbolo del misterio espiritual oculto. 

Este signo tiene tres símbolos diferentes. El más común es el escorpión, al que los antiguos llamaban «murmurador», y era el símbolo del engaño y la perversión; el segundo símbolo (y el menos frecuente) es la serpiente, que los antiguos usaban a menudo para representar la sabiduría. Es probable que la forma más rara de Escorpio sea el águila. La disposición de las estrellas de la constelación se parece tanto a un ave volando como a un escorpión. Al ser Escorpio el signo de la iniciación oculta, el águila —la reina de las aves — en vuelo representa el tipo supremo y más espiritual de Escorpio, que le permite trascender del insecto venenoso de la tierra. Como Escorpio y Tauro están en posiciones opuestas en el Zodiaco, a menudo su simbolismo está estrechamente interrelacionado. En Ancient Calendars and Constellations, la honorable E. M. Plunket dice lo siguiente: «El escorpión (la constelación de Escorpio en el Zodiaco, opuesta a Tauro) se une con Mitra para atacar al toro y siempre están presentes los genios de los equinoccios de primavera y otoño en actitudes gozosas y lastimeras». 

Para los egipcios, los asirios y los babilonios que conocían al sol como un toro, el Zodiaco era una serie de surcos, a través de los cuales el gran buey celestial arrastraba el arado del sol. Por eso, el pueblo ofrecía sacrificios y conducía por las calles magníficos bueyes, adornados con flores y rodeados de sacerdotes, bailarinas del templo y músicos. Los elegidos no participaban en aquellas ceremonias idólatras, pero las consideraban apropiadas para el tipo de mente que constituía la masa de la población. Aquel grupo reducido poseía un conocimiento mucho más profundo y así lo demostraba la serpiente de Escorpio que llevaban en la frente: el uraeus. El sol se representa a menudo con sus rayos formando una melena enmarañada. Con respecto a la importancia masónica de Leo, Robert Hewitt Brown, del grado 32, ha escrito lo siguiente: «El 21 de junio, cuando el sol llega al solsticio de verano, la constelación de Leo —que está 30° adelantada con respecto al sol— parece llevar la delantera y contribuir, con su poderosa garra, a levantar el sol hasta lo más alto del arco zodiacal. […] Aquella relación visible entre la constelación de Leo y el regreso del sol a su puesto de poder y de gloria, en lo más alto del arco real del cielo, era la razón fundamental por la cual aquella constelación era tan estimada y venerada por los antiguos. Los astrólogos distinguían a Leo como la única casa del sol y enseñaban que el mundo había sido creado cuando el sol estaba en ese signo. “El león era adorado en Oriente y en Occidente, por los egipcios y los mexicanos. El principal druida de Gran Bretaña se representaba como un león”». 

Cuando se establezca del todo la era de Acuario, el sol estará en Leo, como se observa en la explicación que ya se ha dado en este capítulo acerca de la distinción entre la astrología geocéntrica y la heliocéntrica. Entonces, sin duda, las religiones secretas del mundo volverán a hablar del paso a la iniciación mediante la garra del león. (Lázaro resucitará). La antigüedad del Zodiaco es objeto de controversia. Sostener que se originó apenas unos pocos miles de años antes de la era cristiana es un error colosal por parte de aquellos que han tratado de reunir información con respecto a su origen. Necesariamente ha de ser lo bastante antiguo como para poder retroceder hasta aquel período en el cual sus signos y sus símbolos coincidían exactamente con las posiciones de las constelaciones, cuyas diversas criaturas en sus funciones naturales ejemplificaban los rasgos más destacados de la actividad solar durante cada uno de los doce meses. Al cabo de muchos años de estudios profundos sobre el tema, un autor pensó que el concepto humano del Zodiaco tenía, como mínimo, cinco millones de años de antigüedad. Con toda probabilidad, esta es una de las numerosas razones por las cuales el mundo actual está en deuda con la civilización de la Atlántida o la de Lemuria. 

Alrededor de diez mil años antes de la era cristiana, hubo un período de muchos años en los que se suprimió el conocimiento de todo tipo, se destruyeron tablillas, se derribaron monumentos y todo vestigio del material disponible acerca de las civilizaciones anteriores se borró por completo. Tan solo se conservan unos cuantos cuchillos de cobre, algunas puntas de flecha y unas tallas toscas en las paredes de las cuevas como testigos mudos de las civilizaciones que precedieron aquella etapa de destrucción. Aquí y allá, existen todavía unas cuantas estructuras gigantescas que, como los extraños monolitos de la isla de Pascua, dan testimonio de las artes, las ciencias y las razas perdidas. La raza humana es sumamente antigua. La ciencia moderna calcula su antigüedad en decenas de miles de años; el ocultismo, en decenas de millones. Según un antiguo proverbio, «la Madre Tierra se ha sacudido de la espalda muchas civilizaciones» y no es ilógico pensar que los principios de la astrología y la astronomía surgieron millones de años antes de la aparición del primer hombre blanco.

      PLANO JEROGLÍFICO, HECHO POR HERMES,DEL ZODIACO ANTIGUO
                Athanasius Kircher: OEdipus Ægyptiacus.

 El círculo interior contiene el jeroglífico de Hemfta, la divinidad triforme y pantamórfica.
En las seis franjas concéntricas que rodean el círculo central están (de dentro hacia fuera):

1) los números de las casas del Zodiaco en cifras y también en letras;

2) los nombres modernos de las casas;

3) el nombre griego y el egipcio de las divinidades egipcias correspondientes a las casas:

4) las figuras completas de estas divinidades:

5) el signo zodiacal antiguo o el moderno y a veces los dos:

6) el número de decanatos o subdivisiones de las casas. 



 Los ocultistas del mundo antiguo tenían un conocimiento muy sorprendente del principio de la evolución. Para ellos, toda la vida atravesaba distintas etapas de transformación. Creían que los granos de arena estaban en proceso de transformarse en humanos en la conciencia, aunque no necesariamente en la forma; que las criaturas humanas estaban en proceso de transformarse en planetas; que los planetas estaban en proceso de transformarse en sistemas solares, y que los sistemas solares estaban en proceso de transformarse en cadenas cósmicas, y así sucesivamente hasta el infinito. Una de las etapas entre el sistema solar y la cadena cósmica se llamaba el «Zodiaco»; por consiguiente, enseñaban que, en un momento determinado, un sistema solar se descompone en un Zodiaco. Las casas del Zodiaco se convierten en los tronos de las doce jerarquías celestiales o, como afirman algunos de los antiguos, los diez Órdenes divinos. Pitágoras enseñaba que el diez, o la unidad en el sistema decimal, era el número más perfecto de todos y lo representaba mediante la tetractys menor, un conjunto de diez puntos que forman un triángulo vertical. Los primeros observadores de las estrellas, después de dividir el Zodiaco en casas, designaron las tres estrellas más brillantes de cada constelación para gobernar conjuntamente aquella casa. A continuación dividieron la casa en tres secciones de diez grados cada una, a las que llamaron decanatos. 

A su vez, dividieron estos por la mitad, con lo cual el Zodiaco quedó dividido en setenta y dos divisiones de cinco grados cada una. Sobre cada una de estas divisiones de cinco grados, los hebreos colocaron una inteligencia celestial, o ángel, y de este sistema ha salido la disposición cabalística de los setenta y dos nombres sagrados, que corresponden a las setenta y dos flores, botones y almendras del candelabro de setenta y dos brazos del Tabernáculo y a los setenta y dos hombres que fueron elegidos de las doce tribus para representar a Israel. Los dos únicos signos que no se han mencionado aún son Géminis y Sagitario. La constelación de Géminis se suele representar en forma de dos niños pequeños, que, según los antiguos, nacieron de huevos, posiblemente aquellos que el toro rompió con sus cuernos. Las historias acerca de Cástor y Pólux y Rómulo y Remo pueden ser consecuencia de la ampliación de los mitos de aquellos gemelos celestiales. Los símbolos de Géminis han sufrido numerosas modificaciones. El que usaban los árabes era el pavo real. 

Dos de las estrellas principales de la constelación de Géminis siguen llevando los nombres de Cástor y Pólux. Se supone que el signo de Géminis era el patrono del culto fálico y los dos obeliscos o pilares que había delante de los templos y las iglesias transmiten el mismo simbolismo que los gemelos. El signo de Sagitario es lo que los antiguos griegos llamaban un centauro: una criatura que tenía la parte inferior del cuerpo con forma de caballo y la mitad superior con forma humana. Por lo general se lo muestra con un arco y una flecha en las manos, apuntando una saeta hacia las estrellas. Por consiguiente, Sagitario representa dos principios distintos: en primer lugar, la evolución espiritual del hombre, porque la forma humana surge del cuerpo del animal, y en segundo lugar es el símbolo de la aspiración y la ambición, porque, así como el centauro apunta con su flecha a las estrellas, toda criatura humana apunta a un objetivo superior al que puede alcanzar. Albert Churchward, en The Signs and Symbols of Primordial Man, sintetiza la influencia del Zodiaco en el simbolismo religioso con las siguientes palabras: «La división [se hace] aquí en doce partes, los doce signos del Zodiaco, las doce tribus de Israel, las doce puertas del cielo que se mencionan en el Apocalipsis y las doce entradas o portales que hay que atravesar en la Gran Pirámide antes de llegar al grado máximo, los doce apóstoles de las doctrinas cristianas y los doce puntos originales y perfectos de la masonería». 

Los antiguos creían que la teoría de que el hombre había sido hecho a imagen y semejanza de Dios se tenía que entender al pie de la letra. Sostenían que el universo era un gran organismo semejante al cuerpo humano y que cada una de las fases y funciones del cuerpo universal tenía una correspondencia en el hombre. La clave de la sabiduría más preciosa que los sacerdotes transmitían a los nuevos iniciados era lo que ellos llamaban «la ley de la analogía». Por consiguiente, para los antiguos, el estudio de las estrellas era una ciencia sagrada, porque veían en los movimientos de los cuerpos celestes la actividad omnipresente del Padre Infinito. A menudo se ha criticado inmerecidamente a los pitagóricos por promulgar la llamada doctrina de la metempsicosis, o la transmigración de las almas, aunque este concepto, tal como circulaba entre los no iniciados, no era más que una pantalla para ocultar una verdad sagrada. 

Los místicos griegos creían que la naturaleza espiritual del hombre descendía hacia la existencia material desde la Vía Láctea, el semillero de las almas, a través de una de las doce puertas de la gran banda zodiacal. Por consiguiente, se decía que la naturaleza espiritual se encamaba en la forma de la criatura simbólica creada por los magos observadores de las estrellas para representar las diversas constelaciones zodiacales. Si el espíritu se encamaba a través del signo de Aries, se decía que nacía en el cuerpo de un carnero; si en el de Tauro, en el cuerpo del toro celestial. De este modo, todos los seres humanos se simbolizaban mediante doce criaturas misteriosas a través de cuya naturaleza se podían encarnar en el mundo material. La teoría de la transmigración no se aplicaba al cuerpo material visible del hombre, sino al espíritu inmaterial invisible que vagaba por el camino de las estrellas y en el curso de la evolución iba adoptando, de forma consecutiva, la forma de los animales zodiacales sagrados. 

En el Libro III de Mathesis, de Julius Firmicus Maternus, aparece el siguiente fragmento con respecto a las posiciones de los cuerpos celestes en el momento de establecerse el universo inferior: «Según Esculapio, por consiguiente, y Anublo, al cual la divinidad Mercurio confió especialmente los secretos de la ciencia astrológica, la génesis del mundo sería la siguiente: constituyeron el Sol en la decimoquinta parte de Leo: la Luna, en la decimoquinta parte de Cáncer; Saturno, en la decimoquinta parte de Capricornio; Júpiter, en la decimoquinta parte de Sagitario; el hombre, en la decimoquinta parte de Escorpio: Venus, en la decimoquinta parte de Libra; Mercurio, en la decimoquinta parte de Virgo, y el Horóscopo, en la decimoquinta parte de Cáncer. Ajustándose a esta génesis, por lo tanto, a estas condiciones de las estrellas y los testimonios que aducen para confirmar esta génesis, opinan que el destino de los hombres, además, se dispone de conformidad con la disposición anterior, como se puede ver en el libro de Esculapio titulado Μυριογενεσις, para que no se encuentre nada, en las diversas génesis de los hombres, que esté en discordancia con la génesis del mundo mencionada». Las siete eras del hombre se rigen por los planetas según el orden siguiente: la primera infancia, la luna; la niñez, Mercurio; la adolescencia, Venus; la adultez, el sol; la madurez, Marte; la edad avanzada, Júpiter, y la decrepitud y la disolución, Saturno.




Con respecto al sentido teúrgico o mágico en el cual los sacerdotes egipcios presentaban en la Tabla Isíaca la filosofía de sacrificios, ritos y ceremonias mediante un sistema de símbolos ocultos, Athanasius Kircher escribe lo siguiente: «Los primeros sacerdotes creían que, mediante ceremonias de sacrificio adecuadas y completas, se invocaba a un gran poder espiritual. 
Según Jámblico, la falta de uno de los elementos desmerecía la totalidad. 
Por eso, prestaban muchísima atención a los detalles, porque les parecía absolutamente fundamental que toda la cadena de conexiones lógicas se ajustara al ritual con precisión. Esta es, sin duda, la razón por la cual preparaban y recomendaban para su uso futuro los manuales —como quien dice— para llevar a cabo los ritos. También aprendieron lo que los primeros practicantes de la hieromancia — poseídos, por así decirlo, por la ira divina— idearon como sistema simbólico para manifestar sus misterios. 

Los pusieron en esta Tabla Isíaca, a la vista de las personas autorizadas para entrar en el sanctasanctórum, con el fin de enseñarles la naturaleza de los dioses y las formas de sacrificio prescritas. Como cada una de las órdenes de los dioses tenía sus propios símbolos, gestos, vestuario y adornos peculiares, les parecía necesario cumplirlos con todo el aparato del culto, ya que no había nada más eficaz para atraer la atención propicia de las divinidades y los genios. […] 
Por consiguiente, sus templos, alejados de los lugares que solían frecuentar los hombres, contenían representaciones de casi todas las formas de la naturaleza. En primer lugar, para representar la economía física del mundo, utilizaban como adornos en el pavimento minerales, piedras y otros objetos adecuados, y hasta chorros de agua. Las paredes mostraban el mundo de los astros y la bóveda, el mundo de los genios. 

En el centro estaba el altar, para sugerir las emanaciones de la Mente Suprema desde su centro. Por consiguiente, todo el interior constituía una imagen del Universo de los Mundos. Cuando ofrecían sacrificios, los sacerdotes usaban unas vestiduras adornadas con figuras similares a las atribuidas a los dioses. Llevaban el cuerpo parcialmente desnudo, como el de las divinidades, no tenían preocupaciones materiales y practicaban la castidad más estricta. […] Llevaban la cabeza cubierta, para indicar que estaban haciendo algo terrenal. 

Se afeitaban la cabeza y el cuerpo, porque para ellos el cabello era una excrecencia inútil. Se ponían en la cabeza las mismas insignias que atribuían a los dioses. Ataviados de aquella manera, consideraban que se habían transformado en la inteligencia con la que siempre querían identificarse. Por ejemplo, para hacer descender al mundo el alma y el espíritu del Universo, se colocaban delante de la imagen que aparece sentada en el trono, en el centro de nuestra Tabla, llevando los mismos símbolos que dicha figura y los miembros de su séquito, y ofrecían sacrificios. Mediante éstos y los himnos que entonaban para acompañarlos, creían que, indefectiblemente, atraían la atención de Dios hacia su plegaria. 

Lo mismo hacían con respecto a las demás partes de la Tabla, convencidos de que, por fuerza, si el ritual adecuado se llevaba a cabo correctamente, evocaría a la divinidad deseada. Es evidente que aquel fue el origen de la ciencia de los oráculos. Así como tocar un acorde produce una armonía sonora, las cuerdas próximas reaccionan, aunque no se las toque. Asimismo, la idea que expresaban mediante todo lo que hacían mientras adoraban al Dios coincidía con la Idea básica y, por una unión intelectual, volvía a ellos deificada, y así obtenían ellos la Idea de las ideas. De tal modo surgía en sus almas — creían— el don de la profecía y la adivinación y pensaban que podrían predecir el futuro, advertir de los males inminentes, etcétera. 

Porque, así como en la Mente Suprema todo es simultáneo e ilimitado, por consiguiente, en esa Mente el futuro está presente y pensaban que, así como la mente humana se absorbía en la Suprema mediante la contemplación, gracias a aquella unión se les permitía conocer todo el futuro. Casi todo lo que está representado en nuestra Tabla consiste en amuletos que, por la analogía antes descrita, les inspirarían, en las condiciones descritas, las virtudes del Poder Supremo y les permitiría recibir el bien y evitar el mal. También creían que, de aquella manera mágica, podrían curar enfermedades; que se podría inducir a los genios para que se les aparecieran en sueños y curaran o les enseñaran a curar a los enfermos. Con esta convicción, consultaban a los dioses con respecto a todo tipo de dudas y dificultades, adornados con la parafernalia del rito místico y mirando de hito en hito las Ideas divinas y, mientras estaban así embelesados, creían que Dios, mediante alguna señal, signo o gesto, les transmitía —estuvieran dormidos o despiertos— la verdad o la falsedad del asumo en cuestión». (Véase Athanasius Kircher: OEdipus Ægyptiacus).

Manly Palmer Hall

miércoles, 1 de mayo de 2019

EL MAL




El mal, en lo que tiene de realidad, es el desorden. En presencia del orden eterno, el desorden es esencialmente transitorio. En presencia del orden absoluto, que es la voluntad de Dios, el desorden es apenas relativo. La afirmación absoluta del desorden y del mal es, pues, esencialmente, la mentira. 

La afirmación absoluta del mal es la negación de Dios, puesto que Dios es la razón suprema y absoluta del bien. 
El mal, en el orden filosófico, es la negación de la razón. 
En el orden social, es la negación del deber. 
En el orden físico, es la resistencia a las leyes inviolables de la Naturaleza. 

El sufrimiento no es un mal sino la consecuencia y, casi siempre, el remedio del mal. 
Nada de lo que es naturalmente inevitable puede ser un mal. El invierno, la noche y la muerte no son males. Son transiciones naturales de un día hacia otro día; del otoño hacia la primavera, de esta vida hacia la otra vida. Proudhon (1) dice: “Dios es el mal”, lo que es como si hubiese dicho: Dios es el diablo, pues el diablo es tomado, generalmente como genio del mal. Demos vuelta dicha proposición y obtendremos la siguiente paradoja: el diablo es Dios o, en otros términos: el mal es Dios. 
Pero con seguridad que al hablar así Proudhon no se refería a Dios, como personificación hipotética del bien. Pensaba en el Dios absurdo que los hombres crean y, en tal sentido, reconozcamos que tenía razón, pues el diablo es la caricatura de Dios y lo que llamamos el mal, es el bien, mal definido y mal comprendido. No sería posible amar el mal por el mal, el desorden por el desorden mismo. 

La infracción de las leyes nos agrada porque así nos parece, que nos colocamos por encima de ellas. “Los hombres no están hechos para la ley, mas la ley está hecha para los hombres”, decía Jesús; palabras audaces que los sacerdotes de aquellos tiempos, ciertamente consideraban subversivas e impías; palabras de las que el orgullo humano puede abusar prodigiosamente. Dicen que Dios sólo tiene derechos y no deberes porque es el más fuerte, lo que es una afirmación impía. Debemos todo a Dios, osan argüir, y Dios nada nos debe. Y la verdad es lo contrario. Dios, infinitamente superior a todos los seres, contrae también con nosotros, al ponernos en el mundo, una deuda infinita. 

El creó el abismo de la flaqueza humana y es Él quien debe llenarlo. La cobardía de la tiranía en el mundo antiguo nos legó el fantasma de un dios absurdo y cobarde, que hace el milagro eterno de forzar al ser finito a ser infinito en los sufrimientos. Supongamos, por un momento, que uno de nosotros pudiese crear un insecto y que le dijese, sin que él pueda oírlo: criatura mía, adórame. 
El pobre animalejo da algunos vuelos sin pensar en cosa alguna y muere al fin del día; un nigromante dice al hombre que echándole una gota de su sangre podrá resucitarle. 
El hombre se hace una pinchadura - yo haría lo mismo en su lugar -, y he aquí que el insecto resucita. ¿Qué hará después el hombre?. Os lo voy a decir, exclama un fanático creyente: como el insecto en su primera vida cometió la tontería de no adorarlo, encenderá una hoguera y lo lanzará a ella, sólo lamentando no poderle conservar la vida en medio de las llamas a fin de quemarlo eternamente. ¡Ea! - dirán todos -, ¡no existe loco furioso que sea tan cobarde y tan malo como éste!. 

Yo os pido perdón, cristianos vulgares; el hombre en cuestión no podría existir, concuerdo; pero existe, aunque en vuestra imaginación solamente, digámoslo ya, alguien más cruel y más cobarde. Es vuestro Dios, tal como lo concebís y explicáis, y es precisamente de él de quien Proudhon tuvo mil veces razón de decir: “Dios es el mal”. En este sentido el mal sería la afirmación falsa de un dios malo, y es este dios quien sería el diablo o su compadre. Una religión cuyo bálsamo para las llagas de la humanidad fuese un dogma semejante, las envenenaría en vez de curarlas. Resultaría de ahí el embrutecimiento de los espíritus y la depravación de las conciencias; y la propaganda hecha en nombre de un dios tal, podría llamarse el magnetismo del mal. 

El resultado de la mentira es la injusticia. De la injusticia resulta la iniquidad que produce la anarquía en los estados y en los individuos, el libertinaje y la muerte. Una mentira no podría existir si no evocase en la luz muerta una especie de verdad espectral, y todos los mentirosos de la vida son los primeros en engañarse tomando la noche por el día. El anarquista se juzga libre, el ladrón se cree hábil, el libertino cree que se divierte, el déspota piensa que oprimir es reinar. ¿Qué sería necesario para destruir el mal en la tierra?. Una cosa muy simple en apariencia: desengañar a los tontos y a los malos. Pero aquí toda buena voluntad cae derrotada y todo poder falla; los malos y los tontos no quieren ser desilusionados. 

Llegamos a esta perversidad secreta que parece ser la raíz del mal: el gusto por el desorden y el apego al error. Pretendemos, por nuestra parte, que esta perversidad no existe, al menos, de una manera libremente consentida y deseada. Ella no es más que el envenenamiento de la voluntad por la fuerza venenosa del error. 

El aire que respiramos se compone de hidrógeno, oxígeno y ázoe. 

El oxígeno y el hidrógeno corresponden a la luz de la vida y el ázoe a la luz muerta. 
Un hombre sumergido en el ázoe no podría respirar ni vivir; así también, un hombre asfixiado por la luz espectral no puede hacer uso de su voluntad libre. No es en la atmósfera donde se realiza el gran fenómeno de la luz sino en nuestros ojos estructurados para verla. Cierta vez, Littré, - filósofo de la escuela positivista - dijo que la inmensidad es apenas una noche infinita, punteada aquí y allá por algunas estrellas. “Esto es verdad” - le respondió alguien - “para nuestros ojos que no están plasmados para la percepción de otra claridad que no sea la del sol”. ¿No nos aparece en sueños la propia idea de esta luz, mientras en la tierra es noche y nuestros ojos están cerrados?. 
¿Cuál es el día de las almas?. ¿Cómo vemos a través del pensamiento?. 
¿Existiría la noche de nuestros ojos para ojos organizados de otra forma?. 

Si no tuviésemos ojos, ¿captaríamos la noche?. Para los ciegos no existen estrellas ni sol; y si nosotros nos pusiéramos una venda en los ojos nos tornaríamos ciegos voluntarios. La perversidad de los sentidos como la de las facultades del alma, resulta de un accidente o de un primer atentado contra las leyes de la Naturaleza; ella se hace entonces necesaria y fatal. ¿Qué hacer para los ciegos?. Tomarlos de la mano y guiarlos. ¿Pero si no quieren dejarse guiar?. Es preciso poner parapetos. 
¿Y si ellos los derriban?. Entonces no son solamente ciegos, son alienados, peligrosos y es preciso dejarlos perecer, ya que no se los puede conducir. Edgar A. Poe refiere la historia de una casa de locos, en la que los pacientes habían logrado apoderarse de los enfermeros y guardias y encerrarlos en sus propias celdas, después de disfrazarlos de animales salvajes. Triunfantes en los aposentos de sus médicos, beben el vino del establecimiento y se felicitan recíprocamente por haber efectuado excelentes tratamientos. Mientras estaban en la mesa, los prisioneros rompen sus cadenas y llegan a sorprenderlos a palos. Se vuelven furiosos contra los pobres locos y los justifican, en parte, por los malos e insensatos tratos de que ellos mismos fueran objeto. 

He aquí la historia de las revoluciones modernas. Los locos triunfando por su gran número, que constituyen lo que llamamos la mayoría, capturan a los sabios y los disfrazan de animales salvajes. Poco después las prisiones se gastan y se rompen, y los sabios, enloquecidos por el sufrimiento, huyen gritando y sembrando el terror. Querían imponerles un falso dios; entonces vociferan que no hay Dios. Los indiferentes, embravecidos por el miedo, se complotan para reprimir a los locos furiosos e inauguran el reino de los imbéciles. Muchas son las épocas en que esto ha sucedido. 
¿Hasta qué punto son responsables los hombres de estas oscilaciones y angustias que producen tantos crímenes?. ¿Qué pensador osaría decirlo?. ¡Marat es odiado y se canoniza a Pio V!. Es verdad que el terrible Ghirleri no guillotinaba a sus adversarios sino que los quemaba. Pío V era un hombre austero y un católico convicto. Marat llevaba el desinterés hacia la miseria. Ambos eran hombres de bien, pero locos homicidas, sin llegar a ser precisamente furiosos. 

Cuando una locura criminal encuentra la complicidad de un pueblo, se vuelve una terrible razón, y cuando la multitud, no desilusionada mas sí engañada de un modo contrario, reniega y abandona a su héroe, éste se transforma en un chivo emisario y en un mártir. La muerte de Robespierre es tan bella como la de Luis XVI. Admiro sinceramente a este terrible inquisidor que, masacrado por los Albigenses, escribió en el suelo con su sangre, antes de expirar: Credo in unum Deum. ¿Es la guerra un mal?. Sí, pues es horrible. ¿Pero es un mal absoluto?. La guerra es el trabajo generador de las nacionalidades y de las civilizaciones. ¿Quién es responsable de la guerra?. ¿Los hombres?. No, pues son sus víctimas. ¿Quién, pues?. ¿Osaríamos decir que es Dios?. Preguntad al conde José de Maistre. (2). El os dirá por qué los sacerdotes siempre consagraron la espada y que hay algo sagrado en el oficio sangriento del verdugo. 

El mal es la sombra, es la repulsión del bien. Vayamos hasta el fin y digamos que es el bien negativo. El mal es la resistencia que fortifica el esfuerzo del bien; y es por eso que Jesucristo no dudó en afirmar: “es preciso que haya escándalos”. Existen monstruos en la Naturaleza del mismo modo como aparecen errores de impresión en un bello libro. ¿Qué prueba eso?. Que la Naturaleza, como la imprenta, son instrumentos ciegos que la inteligencia dirige. Pero, me responderéis, un buen revisor corrige las pruebas. Claro que lo hace, y ése es precisamente el papel del progreso en la Naturaleza. Dios es el Director de la Imprenta y el hombre es el revisor de Dios. Los sacerdotes siempre han proclamado que los flagelos son causados por los pecados de los hombres, lo cual es cierto, puesto que la ciencia es dada a los hombres para prevenir los flagelos. Si, como se afirma, el cólera proviene de la putrefacción de los cadáveres hacinados en la desembocadura del Ganges; si el hambre es provocada por los monopolios; si la peste tiene por causa la suciedad; si la guerra deriva del orgullo estúpido de los reyes y de la turbulencia de los pueblos, ¿acaso no es entonces la maldad, o más bien la tontería de los hombres, la causa de los flagelos?. Se dice que las ideas están en el aire; podría afirmarse lo mismo de los vicios. Toda corrupción produce una putrefacción, y toda putrefacción tiene su mal olor característico. La atmósfera que rodea a los enfermos es mórbida, y la peste moral tiene también su atmósfera, mucho más contagiosa. Un corazón honesto se halla cómodamente en la sociedad de las personas de bien. Se siente oprimido, sufre, queda sofocado en medio de los centros viciosos. 

  ELIPHAS LÉVI 

  NOTAS DEL TRADUCTOR 

(1) Proudhon. Filósofo, escritor y periodista francés, fundador del sistema mutualista y autor de varías obras, entre ellas, su famosa memoria titulada “¿Qué es la propiedad?”, París, 1850, que es la que ha provocado más crítica sería y jocosa, consagrada a desarrollar exclusivamente esta especie de axioma escrito en las primeras páginas: “La propiedad es el robo”. Arregló una edición de la Biblia con muchas notas sobre los principios de la lengua hebrea. Otras de sus obras, son: De la justicia en la revolución y en la iglesia, Nuevos principios de filosofía práctica, Los Evangelios anotados por J. Proudhon. 

(2) José de Maistre. Célebre publicista, filósofo y diplomático saboyano, autor del libro Papa, la más atrevida apología del poder temporal y espiritual de la Santa Sede.

EL MAGNETISMO



El magnetismo es una fuerza análoga a la del imán; está diseminado en toda la naturaleza. 
Sus caracteres son: la atracción, la repulsión y la polarización equilibrada. La ciencia ha captado y aceptó los fenómenos del imán astral y del imán mineral, pero observa con desconfianza el imán animal que se manifiesta todos los días por hechos que, si bien ya no puede negar, espera, para admitirlos, concluir su análisis por una síntesis incontestable. 

Sabemos que la imantación producida por el magnetismo animal determina un sueño extraordinario, durante el cual el alma del magnetizado cae bajo el dominio del magnetizador, con la particularidad de que la persona adormecida parece dejar inactiva su vida propia para manifestar solamente los fenómenos de la vida universal. Refleja el pensamiento de los otros; ve sin valerse de los ojos; se torna presente en todas partes, sin tener conciencia del espacio; percibe las formas más que los colores; suprime y confunde los períodos del tiempo; habla del futuro como si fuese pasado y de éste como si se tratara del futuro; explica al magnetizador sus propios pensamientos y hasta las acusaciones secretas de su conciencia; evoca en sus recuerdos las personas en quienes piensa el magnetizador, y las describe del modo más exacto, sin haberlas visto jamás. 

Habla el lenguaje de la ciencia con el sabio y el de la imaginación con el poeta; descubre las dolencias y adivina los remedios; da muchas veces sabios consejos; sufre con quien sufre y, en ocasiones, con un grito doloroso nos anuncia los tormentos que sobrevendrán. Estos hechos extraños, pero incontestables, nos llevan necesariamente a la conclusión de que existe una misma vida para todas las almas, o una especie de reflector común de todas las imaginaciones y de todas las memorias, en el cual podemos vernos mutuamente, como si una multitud pasara delante de un espejo. 

Este reflector es la luz ódica del caballero Reichenbach; es lo que nosotros llamamos luz astral; ese gran agente de la vida que los hebreos denominan OD, OB y AUR. El magnetismo dirigido por la voluntad del operador es OD, el sonambulismo pasivo es OB. Las pitonisas de la antigüedad eran sonámbulas ebrias de luz astral pasiva. Esta luz recibe, en los Libros Sagrados, el nombre de espíritu dé “Python”, porque la mitología griega la simbolizaba con la imagen de la serpiente Python.(1). 

Ella está también representada en su doble acción por la serpiente del Caduceo; la serpiente de la derecha es OD y la de la izquierda OB, y en el medio, encima de la barra hermética, brilla el globo de oro, es decir, AUB o la luz equilibrada.(2). 
OD simboliza la vida libremente dirigida, y OB la vida fatal. 

El legislador hebreo decía: “Infelices de los que adivinan por OB”, pues invocan la fatalidad, atentando así contra la Providencia y contra la libertad del hombre. Hay ciertamente una gran diferencia entre la serpiente Python, que se arrastraba en el lodo del Diluvio y que el sol hirió con sus dardos, y la serpiente que se enrosca en el bastón de Esculapio, de la misma manera que también difieren la tentadora del Edén y la serpiente de bronce que curaba a los dolientes en el desierto. Estas dos serpientes opuestas son la representación de las fuerzas contrarias que podemos asociar pero jamás confundir. El cetro de Hermes, separándolas, las concilia y, por así decirlo, la reúne; de esta manera, a los ojos penetrantes de la ciencia, la armonía resulta de la analogía de los contrarios. Necesidad y Libertad, tales son las dos grandes Leyes de la Vida; y estas dos Leyes hacen sólo una, pues son mutuamente indispensables. La necesidad sin libertad sería tan nefasta como la libertad privada de su freno necesario. 
El Derecho sin el Deber es la locura. 

El Deber sin el Derecho es la Esclavitud. Todo el secreto del magnetismo consiste en esto: gobernar la fatalidad de OB por la inteligencia y el poder de OD, a fin de crear el equilibrio perfecto de AUR. El magnetizador desequilibrado y dominado por sus pasiones, que quiere imponer su actividad a la luz fatal, se asemeja a un hombre que, con los ojos vendados y montado en ciego caballo, lo espoleara en medio de una sinuosa selva llena de precipicios. Los adivinos, los tiradores de cartas y los sonámbulos son todos alucinados que adivinan por medio de OB. La copa de agua de la hidromancia, las cartas de Etteilla, las líneas de la mano, etc., producen en el vidente una especie de hipnotismo. Ve entonces al consultante en los reflejos de sus deseos insensatos o de sus imaginaciones amorosas, y como a su vez, es un espíritu sin elevación y sin nobleza de voluntad, adivina las locuras y sugiere otras mayores, logrando así gran éxito. 

Un cartomántico que aconsejase la honestidad y las buenas costumbres perdería luego su clientela de concubinas y solteronas histéricas. Las dos luces magnéticas podrían muy bien llamarse respectivamente, luz viva y luz muerta; fluido astral y fósforo espectral; antorcha del verbo y humareda del sueño. Para magnetizar sin peligro es preciso tener en sí la luz de la vida, es decir, ser un sabio y un justo. El hombre esclavo de las pasiones no magnetiza, fascina; pero la irradiación de su fascinación aumenta alrededor de él el círculo de su vértigo, multiplica sus encantos y enflaquece cada vez más su voluntad. Se asemeja a una araña que se agota y al fin queda presa en su propia tela. Los hombres que aún no conocen el imperio supremo de la razón, la confunden con el raciocinio particular y casi siempre erróneo de cada uno. 

El señor de la Palice les diría: “quien se engaña no tiene razón, siendo la razón, precisamente, lo contrario de nuestros errores”. Los individuos y las masas a quienes la razón no gobierna son esclavos de la fatalidad, la cual rige la opinión que es, a su vez, reina del mundo. Los hombres quieren ser dominados, aturdidos, arrastrados. Las grandes pasiones les parecen más bellas que las virtudes, y aquellos a quienes llaman grandes hombres suelen ser, las más de las veces, grandes insensatos. El cinismo de Diógenes les agrada como el charlatanismo de Empédocles. 
A nadie admirarían tanto como a Ajax y Capaneda, si Polyeucto no fuese más furioso aún. 

Píramo y Tisbe, que se matan, son los modelos de los amantes. El autor de una paradoja siempre tiene la certeza de adquirir renombre. Y por más que lo condenen al olvido, por despecho o por envidia, el nombre de Erostrato encarna tanta belleza demencial, que supera a su ira y se impone eternamente a su recuerdo. Los locos son, pues, magnetizadores o más bien fascinadores, y eso es lo que torna contagiosa la locura. Por no saber medir lo que es grande la gente se apasiona frente a lo extraño. 
Las criaturas que aún no pueden andar, quieren que la gente las tome en brazos y las lleve de paseo. Nadie ama tanto la turbulencia como el impotente. Es la incapacidad del goce lo que engendra los Tiberios y las Mesalinas. El pillo de París quería ser Cartouche en el paraíso de las calles arboladas y reía de corazón al ver ridiculizar a Telémaco. No todos tienen el gusto de la embriaguez del opio o del alcohol, pero casi todos quieren embriagar el espíritu y complacerle fácilmente haciendo delirar el corazón. Cuando el cristianismo se impuso al mundo por la fascinación del martirio, un gran escritor de aquel tiempo formuló el pensamiento de todos, exclamando: “Creo porque es absurdo”. 

La locura de la cruz, como el propio San Pablo la llamaba, era entonces invenciblemente invasora. 
Se quemaban los libros de los sabios y San Pablo preludiaba en Efeso los hechos de Ornar. Derribábanse templos que eran maravillas del mundo e ídolos que como obras eran primicias del arte. Tenían el gusto de la muerte y querían despojar la existencia presente de todos sus ornamentos para desprenderse de la vida. El disgusto de las realidades siempre acompaña al amor de los sueños: ¡Quam sordet tellus dum coelum aspicio!, dice un célebre místico; literalmente: “¡cuan sucia se torna la tierra cuando contempla el cielo!”. ¡Tu mirada, al perderse en el espacio, es la que mancha a la tierra, tu nodriza!. ¿Qué es, pues, la tierra sino un astro del cielo?. ¿Será porque te lleva encima que la ves inmunda?. ¡Que te lleven al sol y tus disgustos también lo enturbiarán!. ¿Sería el cielo más limpio si estuviese vacío?. ¿No es acaso admirable contemplarlo en el día cuando ilumina a la tierra y en la noche cuando brilla con una multitud innumerable de planetas y de soles?. 
¿No será que la espléndida tierra, la tierra de los inmensos océanos, la tierra exuberante de árboles y flores se torna una inmundicia para ti porque pretendías lanzarte en el vacío?. ¡El vacío está en tu espíritu y en tu corazón!. 

Es el amor por los sueños lo que mezcla tantos dolores a los sueños de amor. 
El amor, tal como nos lo da la Naturaleza, es una deliciosa realidad, y es nuestro orgullo enfermizo el que pretende algo mejor que la Naturaleza. De esto proviene la locura histérica de los no comprendidos; el pensamiento de Carlota en la cabeza de Werther se transforma, fatalmente, en lo que tenía que ser y toma la forma brutal de una bala de revólver. El amor absurdo tiene como desenlace el suicidio. El amor verdadero, el amor natural, es el milagro del magnetismo. Es el entrelazamiento de las dos serpientes del Caduceo; parece producirse fatalmente, pero es producido por la razón suprema que le hace seguir las leyes de la Naturaleza. La fábula refiere que Tiresias(3) habiendo separado dos serpientes que se unían, incurrió en la cólera de Venus y se tornó andrógino, lo que anuló en él el poder sexual; después lo hirió la diosa irritada y lo dejó ciego, porque atribuía a la mujer lo que conviene principalmente al hombre. Tiresias era un individuo que profetizaba por la luz muerta. Por eso sus predicciones siempre anunciaban dolencias que incluso parecían provocar. Esta alegoría contiene y resume toda la filosofía del magnetismo que acabamos de revelar. 

  NOTAS DEL TRADUCTOR

(1) Python. Pitón. Mitología: serpiente monstruosa de 100 cabezas y 100 bocas que vomitaban llamas. Guardaba el oráculo de la tierra.

(2) Od, Ob, Aur. Od, fluido magnético generado por los cuerpos minerales, vegetales y animales, visible para los sensitivos en estado de vigilia. Es la luz ódica del Barón de Reinchembach; palabra sacada de la Cábala hebrea, en la cual ella representa sólo el polo positivo de la luz o fluido astral. Ob, el polo contrarío de la misma luz. Aur, en Cabala representa a la Luz, primera manifestación del Verbo creador. Cuando esta luz se polariza positivamente, es decir, en el sentido del bien, se llama OD, y cuando se polariza negativamente en el sentido del mal, es Ob. La misma luz primaria en su grado de manifestación inferior recibe el nombre de Aur, el fuego.

(3) Tiresias. Adivino griego a quien en Tebas adoraron como un dios.